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Cuba: coraje y valor

Cuba: De la resistencia ideológica y cultural a una contraofensiva...

Cuba: De la resistencia ideológica y cultural a una contraofensiva por la transición al socialismo y el comunismo

Claudio Ottone, de Nuestra Propuesta, Buenos Aires, entrevista a Felipe Pérez Cruz

Para Felipe de J. Pérez Cruz, la Revolución se abrió con el desfile de los barbudos, por la esquina de las calles Infanta y Carlos III, en el popular barrio capitalino de Centro Habana, a lo que siguieron los interminables y ruidosos combates infantiles, donde todos querían ser Camilo, Che Guevara, Raúl, cuando el conflicto más grande era el ponerse de acuerdo sobre quien sería Fidel. El hoy profesor e historiador cubano, cumple en estos días un programa de trabajo en Buenos Aires, invitado por la Cátedra Libre de Estudios Americanistas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, y en tal oportunidad visitó la redacción de Nuestra Propuesta. El imprescindible 50 Aniversario del triunfo de la Revolución Cubana, de inmediato ocupó nuestra atención, y no nos abandonó, pues la charla, una y otra vez, nos condujo a ese universo extraordinario que es la Cuba socialista.

-¿Cómo empieza a funcionar en la Cuba revolucionaria la construcción de un relato histórico que se diferencie y, por lo tanto, sea capaz de construir un imaginario colectivo liberador capaz de actuar en contraposición al hasta entonces vigente, vinculado al colonialismo cultural y al imperialismo político que, en líneas generales, se presenta como matriz en Latinoamérica?

La de Cuba es en primer lugar una gran Revolución de carácter cultural. Después del extraordinario hecho desenajenador que fue la propia guerra de liberación, tras el triunfo del 1º de enero de 1959, se extiende de inmediato la propia obra educacional y cultural de la Revolución, cuyo hecho mayor se concretó en 1961 con la alfabetización de 900.000 persona

s, y el alza general a nueve grados de instrucción entre 1962 y 1971 de todos los trabajadores cubanos. Hoy toda la población posee un promedio de 11 grados, y tenemos casi un millón de graduados universitarios, en una población de 11,2 millones de habitantes.

El tema de la hegemonía ideológico cultural es para nosotros muy importante. Un poder sobre la sociedad, no sólo se sustenta por la fuerza del aparato estatal. El capitalismo en particular ha desarrollado además de la coerción económica y política, mecanismos de dominación de caracteres ideológicos, culturales y psicológicos.

En Cuba la Revolución encuentra un sustrato relevante, ya que si bien existía una cultura oligárquica-imperialista impuesta desde los mecanismos de dominación neocolonial, también persistió y resistió una cultura popular, nacional y progresista, que arrancó desde el nacimiento de nuestra nacionalidad.

El primero que hace el rescate histórico de la lucha de emancipación es José Martí cuando realiza su lectura de la Guerra de los Diez Años iniciada en 1868, de sus poetas y su cultura, de qué errores políticos existieron, pero además formula una plataforma ideológica para esa guerra. Martí rompe con el liberalismo, funda en 1892 el Partido Revolucionario Cubano, el primer partido internacionalista y antiimperialista del hoy llamado Tercer Mundo, porque se creó para evitar con la independencia de Cuba y Puerto Rico, que los Estados Unidos continuaran sus planes de dominación y se extendieran por el Caribe y América Latina, la región que Martí asumía como Nuestra América.

Martí fija un paradigma de Revolución, un concepto de soberanía, justicia social y dignificación humana, que por mucho que se trató de ocultar, de borrar, permaneció en las entrañas del pueblo. Antinjerencismo, antimperialismo, solidaridad e internacionalismo, más que en conceptos muy elaborados, se incorporan al imaginario popular y fueron banderas que se levantan una y otra vez durante cincuenta años de neocolonial. En esos años de notable trabajo y resistencia, entre los sectores más lúcidos y comprometidos con los intereses nacional populares, puede advertirse un crecer de pensamiento y acción: De este caudal se nutren quienes ya desde la segunda década del Siglo XX, rescataban a Martí y en su búsqueda de vías de acción en las nuevas circunstancias, encuentran en el en el movimiento obrero, en el socialismo, en marxismo y el leninismo, su más certera guía, para fundar el primer partido comunista en 1925.

Quien más coadyuva a la fundación de este partido es Carlos Baliño, que precisamente, estuvo con Martí, ya siendo marxista, en la fundación del Partido Revolucionario Cubano. Precisamente en Baliño y en quien sería su discípulo superador, Julio Antonio Mella, están las bases de lo que pudiéramos considerar el socialismo –el marxismo- cubano, dado por la articulación de esa tradición avanzada del pensamiento martiano, con el marxismo y el leninismo.

Desde su fundación, el primer partido comunista realizó una labor extraordinaria en la cultura. Hasta en la más férrea clandestinidad el partido no dejó de publicar boletines y periódicos, y atender el frente ideológico cultural entre los obreros y campesinos. . Su presencia en el sector intelectual, en el mundo de la producción artística y literaria fue muy fuerte. En sus filas militaron destacados intelectuales.

En vísperas de la Revolución, en las décadas del 40 y 50, el partido de los comunistas, entonces con el nombre de Partido Socialista Popular, poseía además del periódico y la revista teórica, una emisora de radio, con la mejor programación cultura e informativa de la época. También una editorial. La Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, alentada por el partido agrupó a un amplio espectro de artistas, el hoy laureado cine cubano, nació con las iniciativas de cine club populares organizadas por el Partido.

Tanto en el primer partido comunista, como en otras fuerzas de carácter nacional-revolucionario, se desarrolló sistemáticamente una sólida tradición de trabajo cultural, donde se destaca el compromiso social y patriótico de los principales exponentes de la intelectualidad cubana.

Mención especial merece la escuela cubana y el magisterio nacional. Los maestros y maestras cubanos, fueron bastión de la tradición patriótica, aunque la escuela oficial intentara imponer un discurso reaccionario y proyanqui. En el alegato de autodefensa de Fidel Castro en el juicio que le hace la dictadura por haber dirigido los ataques a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, el 26 de julio de 1953, que luego bajo el título de La Historia me Absolverá, se convierte en el programa de liberación nacional de esa etapa de luchas, el joven líder revolucionario afirma: Vivimos orgullosos de nuestra historia. La prendimos en la escuela y hemos crecido oyendo hablar de libertad, de justicia de derechos…

-¿Cómo aportan estas tradiciones en la hora de la Revolución?

Estas tradiciones se fundieron en el crisol de la Revolución y en ella eclosionaron. La Revolución es una explosión de toda esta tradición acumulada, y a su vez fuente de creación de nuevas tradiciones. Desde las primeras semanas y meses, se funda todo un sistema de instituciones culturales y educacionales revolucionarias. Se rescatan instituciones que la dictadura de Fulgencio Batista intentó destruir como el Ballet Nacional de Alicia Alonso, hoy una de las joyas culturales de América Latina. Nace la Imprenta Nacional y la Casa de las Américas, comienzan las escuelas de arte, las de instrucción revolucionaria, el debate fuerte en los claustros sobre las perspectivas de una reforma universitaria con un contenido revolucionario, surge la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba… Es todo un despegue de instituciones que son instrumentos de desenajenación, de construcción de la hegemonía ideológico cultural revolucionaria.

Una batalla importante se ganó contra el anticomunismo. En todos los años de dominación neocolonial, el imperialismo había logrado sembrar ideas negativas y sobre todo prejuicios, contra el ideal comunista.

-¿Todo esto aportó a la unidad necesaria para llevar adelante la construcción de la Revolución y el socialismo?

La propia marcha de la Revolución impone la unidad. En 1958, la dirección del primer partido comunista se percata de lo erróneo de las tesis prevalecientes en el movimiento comunista internacional -ya parte de su militancia y base de simpatizantes participaba de la insurrección -, organizan un frente guerrillero, integran el Ejército Rebelde bajo la jefatura de Fidel, y conforman el multipartidismo revolucionario con que se arriba al triunfo de la Revolución.

Me detengo en el tema del multipartidismo revolucionario con el que triunfa la Revolución, porque resulta un tema fundamental para entender el sistema político que los cubanos y cubanas hemos elegido. Tres fuerzas políticas pelearon en la guerra de liberación: El Movimiento Revolucionario “26 de Julio”, la organización que fundó Fidel, y que rememoraba, junto al día, el programa de La Historia me Absolverá; el Directorio Revolucionario que fue una organización nacida del movimiento estudiantil, con gran tradición de lucha antidictatorial, y el Partido Socialista Popular conformado por los compañeros del primer partido comunista.

Nuestros enemigos y los críticos que se sitúan en las izquierdas liberales, socialistas y socialdemócratas, afirman como negativo el hecho de que en Cuba exista un partido único: No quieren atender a la historia. Unos no saben, otros ocultan interesadamente el proceso de unidad y fusión que realmente se dio en los primeros años posteriores al triunfo de la Revolución.

La Revolución solo ilegaliza el Partido del dictador Fulgencio Batista, partido de connotados criminales de guerra, malversadores y hampones. No hay un solo decreto en la Revolución que disuelva el sistema de los partidos burgueses existentes en el momento del triunfo revolucionario. Estos partidos, por su trayectoria de corrupción y entreguismo, por la inacción y cobardía frente a la ruptura del orden constitucional por parte de la dictadura primero, y luego con desvergonzadas componendas con esta, sin apoyo de masas, completamente desprestigiados, se extinguieron solos. Súmese que sus principales dirigentes pasaron rápidamente a la contrarrevolución, y se refugiaron en Miami a la espera de que los amos yanquis le resolvieran el “problema”, y como había pasada en otras ocasiones, intervinieran y pusieran fin a la Revolución. Por supuesto que hasta hoy, se quedaron esperando que esto ocurriera

En las grandes batallas de masas, tanto por abajo, como a nivel directivo, este multipartidismo revolucionario evolucionó hacia un partido único de la revolución. Las pasadas rencillas y desacuerdos entre los revolucionarios, los personalismos, los sectarismos, las desconfianzas y prejuicios, no se resolvieron en un día, pero cedieron y muchas se pospusieron, ante la inmensidad de las tareas y los retos que se enfrentaban, ante el Amazonas -así lo describió el propio Fidel- desbordado de pueblo, que exigía más entrega, más compromiso.

El gran artífice de este proceso de unidad fue Fidel Castro. El tejió voluntades, educó, cohesionó, persuadió. Siempre con fiel apego a la defensa de los principios. Junto a él los más queridos líderes de la insurrección, Camilo Cienfuegos –hasta su desaparición-, Ernesto Che Guevara, Raúl Castro, Juan Almeida, Ramiro Valdés, Faure Chomón... Y un lugar muy importante lo ocupó Blas Roca, el dirigente histórico de los comunistas cubanos, que supo aquilatar la magnitud del nuevo liderazgo revolucionario –martiano, marxista y leninista- que Fidel representaba.

Blas puso el Partido bajo la dirección del joven Fidel, y en contra de lo que aconsejaban otros dirigentes de partidos comunistas latinoamericanos y sus amigos de Moscú, propuso y convenció a la mayoría de la militancia del primer partido, para auto extinguir la organización, en aras de fundar el nuevo Partido unido de todos los revolucionarios cubanos. Así nace el actual partido Comunista de Cuba (PCC). No conozco que acontecimiento semejante se haya producido en la historia del Movimiento Comunista Internacional.

De hecho, los cubanos y cubanas en el tema partidista adelantamos la historia. Y en tal acontecimiento histórico más que Marx y Lenin, estuvo presente la tradición de unidad que latía en el legado de José Martí.

Mientras en muchos de nuestros compañeros de ideales, en el Caribe, América Latina y el mundo, andan aún divididos en varios, diría que en bastantes partidos, los cubanos dimos un paso adelante y forjamos un solo partido, crisol de voluntades, vanguardia martiana, marxista, leninista y fidelista de la Revolución Cubana. No fue fácil esta conquista, incluso se puso en peligro por una minoría que no logró crecer junto a la historia, y que tuvo que ser política e ideológicamente derrotada. Entonces…por qué dar un paso, dos pasos…muchos pasos atrás para dividirnos en varios partidos? No, de lo que se trata es de hacer del que tenemos, cada día, un mejor Partido, más vinculado a las masas, más democrático, más disciplinado, mejor preparado para su labor de dirección. Con una militancia cada día más ejemplar, más preparada para liderar junto a la emancipación socialista de todos y todas, su propia emancipación como sujetos en la Revolución.

-Se trata de la lucha por la hegemonía….

Si, el socialismo siempre debe ser una voluntad sobre las circunstancias y el propio hombre. Cambiar, revolucionar al hombre -y a las mujeres- y sus circunstancias, fue la indicación central de Marx y Engels.

Hay quien entendió el marxismo al revés, y de ahí salieron buena parte de los dogmatismos y economicismos vulgares. Olvidaron la certera alerta de Engels sobre la existencia de múltiples “instancias” de determinación, donde la económica era solo la última, entendida como base de la materialidad de las relaciones humanas, y no como corolario mecanicista de toda la múltiple complejidad de la sociedad humana, de sus diversos grupos, culturas e individuos.

No olvidemos que la economía la construimos los propios hombres y mujeres, a través de las decisiones económicas que tomamos. Que las políticas económicas responden a los intereses de determinados grupos y clases sociales. La política económica de un gobierno la hacen los que la pueden decidir y la cambian los que pueden presionarlos o arrebatarles a los que lo poseen, el poder de decidir; por lo tanto, estamos hablando de ideas materializadas en acciones de clase, en acciones de lucha.

En Cuba no hemos estado libres de errores, de mimetismos acríticos, pero siempre privilegiamos el factor ideológico. Los soviéticos afirmaron que iban a crear conciencia con riqueza. Fidel y el Che Guevara fueron muy tajantes en este debate desde los mismos años sesenta: Nosotros crearíamos primero conciencia y desde ella riqueza. Nunca nos apartamos de esta línea. Y cuando los mecanismos económicos que habíamos importado de la URSS, nos colocaron en la disyuntiva de una crisis más que económica, ideológica, hicimos nuestra propia Rectificación -“Perestroika”- a principios de los años ochenta, antes que de ello se hablara en la dirección y sociedad soviética. Precisamente el proceso de rectificación de errores y tendencias negativas que se inició a partir del III Congreso del Partido en 1985, más que la imprescindible rectificación del modelo de gestión y desarrollo económico, fue una profunda y dinámica revolución ideológica.

El tema ideológico y el tema político interpenetran toda la idealidad y socialidad de los seres humanos. Desde la cosmovisión hasta la vida privada de las personas. Además, hay que precisar que no lo hace de manera uniforme. Cada persona está en diferentes niveles de desarrollo. Hay quien avanza mucho en una dimensión, y se atrasa en otras. En el fondo tiene que ver con temas tan complejos como la problemática existencial de cada hombre y mujer, cuánto está comprometido y realmente entiende el sentido de la revolución, cuanto quiere y honestamente puede avanzar: En esta dirección sugiero uno solo entre muchos otros ejemplos: ¿Cuántos comunistas dispuestos a dar la vida por la Revolución, son señores feudales en sus casas, “dictadores “unipersonales”? ¿Cuántas de nuestras compañeras lo asumen y permiten por tradición, por mala tradición claro está? Cuantos de nuestros compañeros y compañeras son machistas, sexistas, homofóbicos. Estos sin dudas son problemas ideológicos, problemas de la emancipación tanto del intelecto, como de la práctica social.

-Sería algo así como pensar a la revolución sin olvidar que quienes la construyen son mujeres y hombres….

Definitivamente, sí: Es que el marxismo como filosofía, como ideología, y como metodología para la transformación revolucionaria, se realiza en la vida, en la sociedad, en los seres humanos realmente existentes… La naturaleza humana es la más compleja y dinámica que existe. Cada hombre y mujer, sus sociedades, tienen intereses y necesidades casi siempre contradictorios, pasiones, asombros y casualidades.

Por eso el campo de combate revolucionario más difícil, es el de la lucha ideológica. Hay que partir del hecho irrefutable de que todos, somos objeto de la enajenación, y no pocos funcionamos como sujetos de la enajenación en una u otra dimensión. Lo normal es que seamos seres con los prejuicios propios de la sociedad capitalista en que vivimos –algo de lo que en Cuba no estamos libres después de que nos vimos obligados en las circunstancias adversas del período espacial, a incorporar las relaciones de mercado en una escala social significativa-, porque de las relaciones materiales objetivas de esta sociedad desigual y opresora nacen los valores de las personas.

Lo anormal -y a eso apuntamos los revolucionarios- es transformar esa situación. Martí decía que para ser digno hay que ser próspero, al hombre indigente los explotadores y vende patrias, le negaron la posibilidad de ser digno. Lo raro es que con esos indigentes hagamos revolución y los elevemos a su tiempo, lo raro es que de los profesionales a los que el sistema lleva a amoldarse, a quienes tiene colocados en las claves del consumismo y la anomia social, hagamos intelectuales revolucionarios.

Lo interesante es que el obrero acostumbrado al patrón, que vive bajo la coerción económica, el embrutecimiento cultural y la extorsión psicológica, tome la fábrica como ha pasado en Argentina: Esa
es una respuesta anormal al sistema, y los revolucionarios apuntamos a dar respuestas anormales al sistema, porque trabajamos por destruirlo.

Lo que hacemos es presionar la historia, porque partimos de una socialidad e idealidad, que está construida para que la gente sea dócil y no sea digna, para que incluso –como alertaba Paulo Freire- la lógica del opresor se introproyecte hasta en los oprimidos. Cada vez que se rompe esa lógica es lo anormal, pero eso es lo que da el ritmo del avance de la Revolución, en primer lugar de “ruptura” de la normalidad burguesa, de revolución de las conciencias y los modos de actuación.

Ya en una obra fundadora del marxismo, como lo fue el ensayo de Federico Engels, La situación de la clase obrera en Inglaterra (1848), se sitúa como la tarea más difícil el hecho de que el socialismo –entendido como ideología y teoría revolucionaria- debía penetrar en el movimiento obrero. Es que hay que hacer de las ideas revolucionarias carne de pueblos hambreados y bombardeados ideológicamente: Esta es la tarea inmensa de los revolucionarios.

Aquí además se encierra el hecho más hermoso de la realización humana. Continuamente debemos pedirles más entrega a las personas, incluso a veces actuaciones y realizaciones que están más allá de sus propias posibilidades: ¿Y acaso esta forja de lo imposible-posible no es el acto más sublime del humanismo? Es sin dudas una obra mayor de amor en la que se expresa toda la belleza de los seres humanos.

-¿Una de las claves sería no caer en ningún dogma?

Claro. Precisamente si asumimos que el ser humano es el centro de la transformación socialista, nunca podrá someterse su movimiento a viejas y nuevas escolásticas…

El ser humano es centro, como individuo y como sociedad, las dos dimensiones deben ir juntas. A veces en el socialismo que existió y en los proyectos que hasta hoy se mantienen en lucha, hemos colectivizado demasiado la vida. El capitalismo nos lleva a un proceso de individualismo, el socialismo nos tiene que llevar a uno de enriquecimiento e individuación, porque los hombres y las mujeres somos iguales en género y derechos, pero somos muy distintos en las aptitudes, en inteligencias, en voluntades, gustos y amores. El desarrollo de las individualidades tiene que ser un proyecto socialista, porque en la medida en que más se desarrollen las personas, mientras más realizadas y felices sean, más se multiplicarán los horizontes de emancipación de la sociedad en su conjunto.

El socialismo debe propender a la solución de las necesidades crecientes de los hombres y, esas necesidades, no sólo son colectivas, también son individuales. Cada ser humano tiene su individualidad, cada uno va construyendo su propia biografía con relativa independencia del medio en que esté. Eso lo lleva a la expresión de las fuerzas propias que posee, de su voluntad de cambio. El socialismo debe darle a cada quien esa posibilidad de desplegar positivamente y en función del bien social, todas las potencialidades, de manera que haya una interacción entre los intereses personales y los intereses colectivos ¿Y qué mejor interacción que favorecer el desarrollo del individuo de forma que eso ayude a la sociedad? Y ello incluye por supuesto el estímulo moral y material para los que más se destaquen.

El igualitarismo indebido es un serio error. En Cuba nos hemos dado cuenta de que en tal dirección, nos equivocamos. Son errores de idealismo, donde ha primado la mejor de las voluntades de servicio al ser humano, pero ello no excluye que sea un error. Por algo se precisa desde los clásicos del marxismo que la fórmula socialista aún debe ser desigual: De cada cual según su capacidad y a cada cual según su trabajo!! Sin dudas comprendemos hoy mucho mejor esta fórmula.

Es cierto que la capacidad de cada cual puede estar realmente limitada o potencialmente creada, por el entorno y la dotación biosicosocial de cada individuo, pero la experiencia acumulada dice que es el hombre, su constancia y trabajo, el factor determinante. Lo veo a diario en mi país donde todas y todos, disfrutamos de extraordinarias posibilidades de desarrollo, gratuidades y alientos sociales sin precedentes en ningún país del mundo.

-Estamos en un momento particular de Latinoamérica en el que este tipo de ideas comienza a encontrar su camino de desarrollo ¿Cómo juega la articulación a la que usted alude en este escenario donde empieza a primar un multilateralismo y un sentimiento antimperialista?

Vivimos un momento de recuperación de las tendencias progresivas y revolucionarias en América Latina, algo muy distinto a lo que ocurre en la Norteamérica imperialista o Europa. Es un momento complejo, pero también rico para las alternativas emancipadoras.

Tenemos un escenario producto de la debacle del neoliberalismo en nuestra región, y en más de un país se han producido lo que Lenin denominaba “situaciones revolucionarias”. La gente ya no quiere ni puede aguantar más la situación, y los grupos de poder no pueden seguir dominando como antes. Las salidas a tales situaciones han sido diversas, pero predomina un avance emancipador, el abandono de la situación de unilateral y cínico entreguismo a la política imperialista, a los intereses de oligárquicos.

En todos los escenarios los sujetos nacional-populares, los movimientos sociales, las organizaciones y fuerzas de izquierda, han retomado las plazas de la política pública, y en no pocos espacios territoriales y nacionales, alcanzaron una presencia sustantiva. A pesar de las diferencias, incluso de las concesiones y las inconsistencias de algunas de las izquierdas que han arribado al gobierno, todos estos nuevos liderazgos en curso, de una u otra manera le dicen no al Imperio estadounidense y le ponen objeciones a los monopolios estadounidenses, de la Unión Europea y Japón, algo que hasta hace solo unos años no pasaba.

Hay debates profundos, no pocas veces estériles, sobre la categorización de unos y otros procesos. Desde mi perspectiva, considero que hoy por hoy en Latinoamérica y el Caribe, junto a la Revolución Cubana, hay una revolución en curso que es la de la Venezuela Bolivariana, y también se destacan otros procesos donde se percibe junto a una mayor fractura del sistema de dominación, la existencia mucho más nítida, de una voluntad de radicalidad y compromiso nacional popular.

Hay un cambio sustantivo de la correlación de fuerzas en Suramérica. El triunfo electoral del ex obispo Ricardo Lugo en Paraguay ratifica esta tendencia, más que por la concentración de poder real para la transformación, por el acontecimiento histórico de romper la hegemonía oligárquica, y crear nuevas e inéditas posibilidad de avances para las demandas y luchas de ese heroico pueblo.

Las alternativas contrarrevolucionarias e imperialistas, como es el caso del Plan Colombia, no han logrado involucrar a los países de la región. La propuesta de un área colonialista de libre comercio no avanzó como era el interés de la fascista administración de Bush. Y gobiernos lacayos como el de Alain García se hunden en el más profundo descrédito.

También se están recuperando espacios perdidos, como es el caso de la vuelta de los sandinistas al gobierno en Nicaragua, y estamos ante la perspectiva real de que el Frente de Liberación Nacional triunfe en El Salvador. Para asombro de las élites más conservadoras –y también de no pocos en la izquierda-, el gobierno de Honduras se incorporó a la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA). Entonces en una Centroamérica donde el imperio logró a fuerza de extorsión y con muy estrecho margen, imponer la aprobación de los tratados de libre comercio, Honduras y Nicaragua, dos de estos países, se le desgajan y asumen con su entrada en el ALBA un paralelismo, que les puede resultar liberador.

El escenario que refiero da una nueva perspectiva muy propositiva, en primer lugar para la integración y la unidad desde el propio Sur de Nuestra América.

-¿Es viable esta perspectiva?

Sí, sin dudas. La recién concluida Cumbre de América Latina y el Caribe, así lo confirma. Como afirmó el presidente Lula por primera vez en doscientos años conversan los pueblos de nuestra región sin interlocutores foráneos. La incorporación de Cuba al Grupo de Río resulta en este acontecer de fin de año, un acontecimiento trascendental. Es el golpe final a la política de exclusión alentada por los imperialistas estadounidenses. Honrar honra afirmaba José Martí, y si dudas este hecho dignifica también a todos sus protagonistas, a los actuales gobiernos de la región en primer lugar. Es un reconocer de estos gobernantes –un merecido y muy peleado regalo- a la solidaridad y la amistad que nunca pudo ser fracturada entre nuestros pueblos.

Yo parto del criterio de que todo proyecto de integración de América Latina, donde no estén los Estados Unidos y los poderes consolidados de los países del Norte capitalista, es positivo. Todo lo que se haga por la integración desde nosotros mismos, es positivo, y debe ser alentado. Ahora bien, este criterio que sostengo, considera también la necesidad de no ser ingenuos y atender bien a la naturaleza del proyecto de integración que se proponen unos y otros sujetos históricos, sus acuerdos y principales instrumentos. Se hace evidente que, tras algunas de las iniciativas en curso, lo que se busca es la recomposición de las zonas de influencia, el aumento de las ganancias de las trasnacionales con casa matriz en América Latina, un sueño de sustituir a la élite transnacional extranjera, por los sectores transnacionalizados, las burguesías y los proyectos de capitalismo de Estado en la región.

En mi criterio hay una sola alternativa para alcanzar la verdadera integración emancipadora, realmente solidaria y económicamente viable. Esta es la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), que más que un convenio de libre comercio, propone un macroprograma de carácter geoestratégico para el desarrollo humano y autosustentable, con programas donde se promueve la solidaridad y la equidad, compensan las diferencias macroestructurales, y se multiplican los vínculos económico, sociales, educacionales y culturales entre los pueblos, que incorporan al movimiento social. En mi opinión el ALBA es el futuro de la unidad latinoamericana, y rescata los ideales integracionistas más puros de Bolívar y San Martín, de Morazán y Martí, y los plantea de cara a los retos actuales.

EL ALBA es el camino más idóneo para Nuestra América, sin que eso signifique insisto, negar o renunciar a los avances de otras alternativas de integración que se desarrollan sin los yanquis y los europeos. Soy partidario de ir construyendo convergencias, respetando lo hasta aquí alcanzado, cohesionando el bloque de gobiernos y pueblos hacia el fortalecimiento de la independencia económica de nuestras naciones, frente a una globalización eminentemente excluyente, expoliadora y recolonizadora.

En tal camino hay que dar solución a reivindicaciones y temas no resueltos. Exigir el fin del colonialismo e incorporar al seno de los pueblos latinoamericanos y caribeños a Puerto Rico, y a otros catorce territorios aún en poder de las potencias imperialistas –Las Malvinas ¡por supuesto!-, resolver la salida al mar de Bolivia, devolver a Paraguay los recursos que realmente le pertenecen en Utaipu…

-¿En este marco, cómo piensa el marxismo en el siglo 21?

El hispano-mexicano Wenceslao Roces decía que el marxismo tiene que abrirse a todo lo humano, y otro gran filósofo cubano, militante desde los tiempos del primer partido comunista, Gaspar Jorge García Galló, afirmaba que donde no estemos los marxistas “se nos cuela” el enemigo. La dialéctica de estos dos pensadores contemporáneos de la reciente segunda mitad del Siglo XX es clara. Entender esta realidad resulta algo decisivo. En el tema que refieres se constata esa amplitud

Se ha publicitado bastante el término Socialismo del Siglo XXI. Nuestro criterio es hablar del marxismo y el socialismo en el Siglo XXI. Y no se trata de una disquisición semántica, sino de un elemento que indica que el socialismo en este siglo que ya tenemos el privilegio de vivir, es continuidad –negación dialéctica-y no ruptura, con las tradiciones y experiencias pasadas.

La concepción de ruptura con el pasado, es insostenible, producto de la incultura histórica, o de aviesos intereses casi siempre diversionistas y divisionistas. El socialismo, desde antes de Marx y Engels, es una idea de humanismo, dignificación y emancipación humana, que busca lograr una sociedad de felicidad, y prosperidad para el conjunto de la sociedad. Ese es el ideal del socialismo, una sociedad donde no haya explotación del hombre por el hombre, donde no haya egoísmo.

En el logro de estos propósitos la humanidad acumula siglos de experiencias, y tuvo la oportunidad de adelantar como nunca antes este propósito, cuando los obreros y campesinos de Rusia derrocaron al zarismo y triunfaron en la Gran Revolución Socialista de Octubre de 1917. Hay quienes intentan votar junto con el agua, a la criatura. Y junto con los errores e insuficiencias, negar el enorme paso que dieron con el nacimiento de la URSS, los pueblos de aquel multinacional Estado, y con el toda la humanidad.

No caben dudas de que se quiso tergiversar el discurso del Presidente Hugo Chávez –de hecho se manipuló la buena voluntad del líder bolivariano-, donde se refería al Socialismo en el Siglo XXI. Se puso en acción una operación mediática –no casualmente monitoreada y multiplicada por los aparatos mediáticos del imperio-, que afirmaba el llamado Socialismo del Siglo XXI, como necesaria negación al socialismo que fracasó en la centuria anterior. Tal afirmación sazonada con extemporáneos discursos antiestalinistas y antisoviéticos, pronto dieron paso a los discursos anticomunistas, divisionista e irresponsables.

Ver el marxismo como receta es un dogma. Y desafortunadamente hoy, alrededor del socialismo en el siglo XXI, aparecen nuevas recetas. Están los que desde Europa y Norteamérica nos quieren “iluminar” e imponer sus posiciones. Convencernos, por ejemplo, de que el socialismo se puede construir desde las computadoras. No faltan lo que están tan a la izquierda de la izquierda, que definitivamente aparecen cual gurús superrevolucionarios, infalibles en sus juicios críticos de todo y de todos. Las elucubraciones de unos y otros no pasan de sus cuartos de soñar.

No se trata de que quienes sustentan la izquierda desde Europa o la Norteamérica imperialista, estén incapacitados para pensar la revolución en América Latina y el Caribe. Hay compañeros que en esta dirección realizan un loable trabajo. De ellos apreciamos sus aportes, incluidas sus críticas nacidas de la más solidaria militancia, de una sincera amistad.

Me refiero a los que se publicitan como nuevos Carlos Marx modernos, y presionan para ajustar la realidad a sus elucubraciones, para obligar a los compañeros a que asuman sus tesis, desechando cualquier otra lectura teórica, y toda construcción colectiva, desde la experiencia y la sapiencia de nuestros pueblos. En definitiva estos autoprotogenios carecen de objetividad y juicio histórico. Las posturas petulantes y egocéntricas que una y otra vez asumen, cuando se les contradice o critica, demuestran la subvaloración colonialista de que son portadores. No nos reconocen posibilidad de interlocución, ni capacidad de pensar y realizar lecturas propias.

El Presidente Chávez nunca ha colegiado con tales posturas. Parte el líder bolivariano de un profundo estudio y respeto por la historia latinoamericana, y en particular por la historia de las ideas emancipadoras, de los movimientos revolucionarios que le han antecedido. Su lógica que nace entonces de esa reflexión histórica y de su propia praxis, es la de una revolución con las masas populares. Es la seguridad de que el socialismo –como afirmara el Amauta José Carlos Mariátegui- se pelea todos los días, y no puede ser copia ni calco, sino creación heroica.

Volver al marxismo de Mariátegui, como al marxismo del cubano Julio Antonio Mella, nos coloca en un momento fundacional de riqueza extraordinaria. Cuando aún no se habían generalizado las exclusiones y los sectarismo que en unos y otros partidos y fuerzas revolucionarias de la región se multiplicaron, para debilitarnos y dividirnos, mientras el imperio y la oligarquía si se unían y cohesionaba en sus ofensivas contrarrevolucionarias. Tenemos que acabar de darnos cuenta de que tanto, en los movimientos revolucionarios de los años treinta-cuarenta, como en los sesenta-setenta del pasado siglo, la desunión, las disputas y los desencuentros entre los revolucionarios, constituyeron el factor principal, en las derrotas que sufrimos.

Este volver a los temas fundacionales del marxismo y el socialismo sin dudas nos lleva también a una lectura contemporánea de Marx, Engels, Lenin y sus más preclaros seguidores: ¿Dónde está en estos forjadores la receta del socialismo? ¿Dónde sus tesis? ¿Dónde la confrontación de esa tesis con la realidad, las circunstancias y los sujetos concretos? ¿Acaso Marx construyó la Internacional tal como pensó la necesidad y viabilidad de la organización? ¿Y Lenin llevó a cabo en la Rusia zarista que había heredado la Revolución, un proyecto socialista aséptico, previamente diseñado en su maravilloso cerebro? Ni ellos, ni Mao Zedong, Ho Chi Min, ni Fidel, el Che o Amílcar Cabral dirigieron proyectos lineales, químicamente puros.

La teoría se fertiliza con la práctica, y la política no es la realización de lo que se piensa, sino paso a paso, de lo posible. La teoría por demás no siempre precede a la práctica, la vorágine de la revolución supera toda posibilidad de intelección previa, impone nuevas circunstancias y retos. La teoría entonces es la sistematización del conocimiento aplicado, sobre todo de la praxis sostenida y exitosa.

Más que modelos, los más certeros precursores del presente combate por la emancipación económica y social, fijaron principios, métodos y certezas. ¿Por qué medir hoy el socialismo por los modelos preexistentes, si los que acometieron esas primeras y gigantescas audacias sociales y políticas no tenían modelos? Socialismo ayer y hoy es convencimiento y lucha intransigente por la liberación social, contra el imperialismo y el capitalismo. Es eticidad revolucionaria, confianza en el pueblo, organización y unidad, construcción de poder popular, combate emancipatorio, rescate y desarrollo cultural, dominio del conocimiento, solución de viejas y nuevas exclusiones, igualdad y fraternidad, solidaridad e internacionalismo.

Por el socialismo se combate todos los días, en el espacio íntimo de nuestras personalidades y familias, en los colectivos, en los movimientos, en los gobiernos, con el poder y en la lucha por el poder. Socialismo es en definitiva un combate continuo y permanente por desenajenar al hombre y sus circunstancias, y en ese camino vencer, en concreto, personalmente, las miserias, prejuicios y fantasmas que todos y todas tenemos.

Entonces el marxismo tal como lo comprendemos, mantiene hoy sus esencias revolucionarias. Porque nos proporciona en cada momento histórico, la articulación con lo mejor y más progresivo del pensamiento y la realización social. Y esto es lo que siempre dijeron los clásicos. Ellos nos legaron con sus obras magistrales, un método para investigar y pensar este mundo contradictorio y además nos dotaron de un sólido instrumental para transformar revolucionariamente a la sociedad y a cada uno de nosotros en sí mismo.

Y si hablamos de socialismo en el Siglo XXI Latinoamericano y Caribeño, lo primero que debemos situar es que ese socialismo ya existe en Cuba. En la Revolución Cubana que arriba precisamente en estos días, a su primer cincuentenario de realizaciones y heroísmo cotidiano.

¿Es casualidad que los mismos personajes que proponen la ruptura ahistórica con el socialismo del siglo XX, se estén dedicando últimamente a tomar distancia y a reprochar a Cuba? ¿A coincidir con los voceros del imperio en satanizarnos por estalinistas, ortodoxos, conservadores…? ¿En sus alertas sobre una cubanización de Venezuela o de Bolivia?

De lo que se trata es de que Cuba les descoloca su propuesta, con una realidad muy concreta: Existimos, peleamos todos los días por nuestro socialismo. Hemos logrado vencer el más colosal bloqueo, la agresión económica y política más larga y criminal de que se tenga cuenta en la historia contemporánea. Somos una sociedad organizada, con logros que resultan colosales e inobjetables.

Nuestro socialismo no es, ni puede ser perfecto. Es perfectible y esta posibilidad y voluntad ha resultado hasta hoy, el elemento más dinámico y decisivo del proceso revolucionario cubano. En Cuba no hay espacio para fabricar una disidencia contrarrevolucionaria, porque el disentir, discrepar, y debatir son ejercicios cotidianos en la construcción de la unidad de los revolucionarios. Y cada día nos percatamos de que solo así, fortaleceremos más la cohesión de las y los patriotas, solo así multiplicamos en certezas y sólidas realizaciones, la cultura superior, la inteligencia colectiva y los valores socialistas, que la propia Revolución ha creado.

Estamos produciendo cambios decisivos para nuestra nación desde hace cincuenta años, y hoy en el Siglo XXI, seguimos en esta dirección. Con voluntad, coraje y confianza. Con el genio de Fidel Castro y el Partido de toda la nación. Con Raúl Castro, que no por genes, sino por audacia, valor y resultados concretos, obtuvo el aprecio de un pueblo que no puede ser engañado, que es profundamente crítico, que no regala méritos. Así arribamos al medio siglo de la Revolución. Tiempo infinitamente corto en la historia humana, y a su vez decisivo, trascendental, en tanto coincide exactamente con mi propia vida, la de mis hijos y amigos, su futuro.

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